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miércoles, 11 de julio de 2007

Paulina Ibieta Cruz-Concepción

MISERERE

No soporto más
mis cicatrices están al rojo vivo
no me alivia la palabra
ni la Palabra
me pierdo en una maraña de ideas
tan sólidas
cuán etéreas al tacto
cuando lo que necesito es palparte
que me abraces, tú
no otra, no otro
Padre, Hijo y Espíritu Santo
en una mirada
un Tú inexorable
que quite de mis manos
esta navaja
que devuelva el quicio
a esta mente disparatada
enagenada de ideas, de palabras
lo que vuela, lo que grazna
lo que engaña mi total ignorancia

¿Dónde está Cristo resucitado?

El que rompa mi claustro
el que haga florecer este páramo
hombre, mujer
que me dé la certeza de lo eterno
en un abrazo

No tengo más fuerzas
sin embargo mi cuerpo resiste
aun cuando insista en golpear
a las puertas de la muerte
en los cotidianos excesos
La muerte se niega
Y me aferro a lo efímero
otros brazos, otras miradas
que van y vienen, sin poder asirlas
del paraíso a los infiernos
en los infiernos las ideas
el paraíso, carne, ojos, presencia
Pero no basta
sólo basta lo eterno
Presencia como certeza
donde las palabras cobren sentido
y en la espera no tiemble
de miedo a no volver a verla
y en el error no tema
en el cotidiano crimen
no tema perderla

¿Cristo resucitado, dónde se encuentra?


Paulina María Ibieta Cruz



COMENTARIO LITERARIO

Tengo en mis manos el poema Miserere (miseria, desventura, tristeza), de la poeta Paulina Ibieta. Tal vez porque es un título en latín asociado a la espiritualidad, que una palabra se viene rauda, inconcientemente: fe. Luego fluyen otras, tales como: necesidad, auxilio, dudas, cuestionamiento. Porque la hablante del poema no requiere al otro ni a la otra, es decir no requiere a ningún ser humano sino que a Él, Cristo. Y es de Él y solo de Él, Hijo de Dios, a quien clama y reclama una voz hastiada de páramos, carente de amor y fuerzas. Confiesa la miseria de su ser, miserere: “No tengo más fuerzas/sin embargo mi cuerpo resiste/ aún cuando insista en golpear/a las puertas de la muerte/ en los cotidianos excesos”.
¿Puede alguien estar libre de tal estado espiritual?
Es en la divinidad, en la que Paulina o la hablante descansa, conciente o no. Tenemos que la palabra fe, viene del latín fides: confianza. S. XII - esperanza. En lo personal creo, literalmente creo, que no se puede reclamar a quien no se reconoce. Deduzco por tanto que estamos ante una hablante que tiene fe. Ella sabe de la existencia del Ser Supremo, dador de amor y esperanza a través de Cristo resucitado. Pero la fe es débil, se pierde en las heridas que el entorno o las interrelaciones nos infringen y quebrantan.
Paulina en sus versos, a más de alguno(a), representa Y provoca que nuestra mirada lea atentamente su poesía y nos conduzca a reflexionar en lo íntimo: ¿Quién está libre de miseria?, más aún: ¿Acaso no venimos del barro?, barro, cieno, fango: lodo blando, por tanto fácil de contaminar. Tantos pies (lo efímero, ligero, liviano, va y viene), caminan nuestras veredas y tantos golpes las piedras (el veneno, la actitud o las acciones de otros), por las bocas lanzadas. El caminar es duro, más duro y cruel sin fe, sin tener a quién clamar y reclamar. La hablante, un alma atormentada, ruega a Dios: “ El que rompa mi claustro…”, “…sólo basta lo eterno” En tanto buscamos llenar nuestros recónditos e inexplicables vacíos en “carne, ojos, presencia”, es decir, en lo visible y en lo palpable, conocido como flor de un día. Paulina nos plantea un temor, el de perder lo eterno como consecuencia de la cotidianeidad que suele contaminar el ser interior. Es aquí donde la hablante hace ostensible la duda, duda que se disipa en las Sagradas Escrituras, en la cita que nos habla del amor incondicional de Dios: “ mas Dios muestra su amor para con nosotros…en que Cristo murió por nosotros” Rom. Cap.5, 8.
Retornando a lo literario, recuerdo los versos de Santa Teresa de Jesús en el libro Poesías y exclamaciones: “Yo ya no quiero otro amor/ Pues a mi Dios me he entregado/Y mi amado es para mi/Y yo soy para mi Amado”. Paulina se acerca a la poesía mística de los doctores de la iglesia, aquellos santos que transformaron la espiritualidad. Ejemplo: “Las siete moradas” de Santa Teresa de Ávila que reflejan los siete estados espirituales del ser humano.

Paulina Ibieta, con su ingenio y estilo agregado a su vivencia particular en el camino del crecer, inherente a nuestra naturaleza humana, al igual que Santa Teresa viene con sus versos a recordarnos la divinidad, Dios, el amor de Cristo, nuestra fragilidad y lo efímero de la vida que sólo puede ser confortado en este peregrinar, viaje o penitencia o expiación, con el amor sanador de Dios. De esta forma al leer los versos de "Miserere", nos posicionamos ante una poesía mística, donde la palabra "misticismo", describe una doctrina filosófica y religiosa donde la perfección consiste en una especie de contemplación extática que une el alma misteriosamente con Dios. He de aclarar que la palabra "mística" viene del griego "muein" que significa "cerrar" sugiriendo algo "oculto" o "secreto". Entonces la mística, etimológicamente, sería una vida espiritual secreta y distinta de la ordinaria. Se refiere a las relaciones sobrenaturales y secretas por las cuales Dios eleva a la persona sobre las limitaciones de su naturaleza y la hace conocer un mundo superior al que es imposible llegar mediante las fuerzas naturales y ordinarias.
Para llegar a esa unión, el místico o la mística debe pasar por distintos estadios llamados "vías": la vía purgativa consiste en "purgar" o limpiar el alma de todo lo que no sea de Dios mediante la oración y meditación y el rechazo de todo lo corporal, inclusive el castigo de la carne (o lo que se llama ascetismo); gracias al proceso de purificación en la vía purgativa, el alma llega a la vía iluminativa donde se ve iluminada ante la contemplación de los bienes espirituales eternos y de la Pasión y Redención de Cristo hasta llegar, por último, a la vía unitiva donde logra la total comunión con Dios o "matrimonio espiritual". Sólo la vía unitiva es propiamente la mística; las vías purgativa e iluminativa son propias del ascetismo.

El misticismo se da en todas las religiones. En España se encuentra un gran número de místicos con su mayor florecimiento en el siglo XVI. Los principales son San Juan de la Cruz (1542-1591)y Santa Teresa de Jesús (1515-1582).

Distintos místicos describen la experiencia como un trascender todo conocimiento (San Juan de la Cruz), una sensación de total amor por Dios y la creación.
La experiencia mística supone un rechazo de la realidad diaria y cotidiana en favor de otra superior donde los valores son absolutos y donde se percibe la armonía de todo lo existente.

Quizás por todo este trasfondo que posee la poesía mística es que Paulina Ibieta Cruz no deja de remecernos con sus versos:

"Pero no basta/sólo basta lo eterno..", "Presencia como certeza/donde las palabras cobren sentido/y en la espera no tiemble/ de miedo a no volver a verla/..."


Ingrid Odgers Toloza

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