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martes, 13 de julio de 2010

Confesiones de una máscara - Yukio Mishima


Comentario literario.
Es esta la primera novela del autor y aborda el tema de la homosexualidad en el Japón de la posguerra.
“Confesiones de una máscara”, es una obra narrada en primera persona, en forma lineal, detallada. Se inicia con los recuerdos de la infancia de Kochan, memorias que suceden hasta la juventud del protagonista  escritas con una prosa clara, sencilla que nos conduce con vivo interés por los corredores de los grandes conflictos internos que arrecian en el alma del protagonista empapados de una atmósfera de sufrimiento, irresolución y oscilante erotismo que a veces toma signos repulsivos por lo degradante que se lee, se siente, se absorbe, como la masturbación ante la imagen de San Sebastián de Guido Reni, principio torpe, imprevisto de lo que el protagonista llamaría su “vicio”.
Kochan, joven culto y asiduo lector, vive agobiado, envuelto en problemas angustiosos, patentes primero por los dolorosos arrebatos de sexualidad suscitados por flechas, dagas, sangre, asesinatos de jóvenes y bellos cuerpos todos imaginados para la excitación, luego por el constante deseo de la muerte y por la carga de enmascararse continuamente para demostrar una normalidad inexistente. (Cursiva, palabras del autor)
Mishima hace desear al lector que esta tortura sicológica acabe, lo lleva a esperar con ansia el final y es que los esfuerzos que realiza el joven protagonista, la negación de su homosexualidad, la feroz soledad, sus pensamientos contradictorios, el sentimiento de culpa por el “vicio” que lo domina, son relatados con vigor, con señorío absoluto de la escritura que hace participar al lector de una agonía que ingenuamente cree finalizará en el último párrafo. Contra lo esperado nos encontramos con un final abierto, que expande todas las posibilidades del protagonista.
Otra pluma, otro idioma, otra mirada para evidenciar la confusa soledad y el torpe y fatal intento de cambiar lo inevitable, lo inherente a la naturaleza, de la sociedad pasada y presente.
Cautivante  relato de Mishima, el  “último samurai” (1), como lo llamaran por su vida, lucha y muerte a este exponente genial, controvertido y multifacético  de la literatura japonesa postulado tres veces al Premio Nóbel y cuyo mentor fue otro grande: Yasunari Kawabata.
  
Ingrid Odgers


Fragmento:
“…El arma que era mi imaginación dio muerte a gran número de soldados griegos, a muchos esclavos blancos de Arabia, príncipes de tribus salvajes, ascensoristas de hotel, camareros, chulos, oficiales del ejército, trapecistas de circo... Era yo como uno de esos salvajes merodeadores que, al no saber la manera de expresar su amor, cometen la equivocación de matar a las personas que aman. Y yo besaba los labios de aquellos que se habían desplomado y que, en el suelo, aún se convulsionaban  espasmódicamente.
Basándome en alguna imagen evocada, había concebido un instrumento de ejecución consistente en una recia tabla a la que iban unidas docenas de puñales con la punta hacia el exterior, y formaban entre todos la superficie de una figura humana. Y esa tabla se deslizaba verticalmente por un raíl, avanzando hacia una cruz de ejecución situada en el otro extremo. También había una fábrica de ejecuciones en la que los taladros mecánicos para traspasar cuerpos humanos funcionaban constantemente, y la sangre así obtenida era mezclada con azúcar, envasada y puesta a la venta en el mercado. Dentro de la cabeza de aquel estudiante de secundaria, innumerables víctimas iban, con las manos atadas a la espalda, debidamente escoltadas, hacia el Coliseo.
Este impulso fue adquiriendo más y más fuerza en mi interior, y un día llegó a forjar un sueño que probablemente es uno de los más bajos de que el ser humano es capaz. Al igual que en muchos otros sueños míos, la víctima era uno de mis compañeros de clase, excelente nadador y de cuerpo notablemente bello.
Ocurría en un sótano. Se celebraba un banquete clandestino. Elegantes candelabros arrojaban su luz sobre impolutos manteles blancos. Cubiertos de plata flanqueaban los platos. Incluso podían verse los habituales búcaros con claveles. Pero lo más curioso era que el espacio vacío, en el centro de la mesa, tenía una extensión insólita….”

Fragmento 2:
 “..  Además, de aquella relación extraía yo arteramente un placer inmoral que sólo yo podía comprender. Mi inmoralidad era sutil, e incluso superaba los ordinarios vicios de nuestro mundo. Era como un exquisito veneno, era pura corrupción. Como la inmoralidad constituía la mismísima base y el primer principio de mi manera de ser, percibía un aroma de pecado secreto, verdaderamente corrupto en mi virtuoso comportamiento, en mi impecable relación con una mujer, en mi honorable conducta, en ser considerado hombre de altos principios. Habíamos extendido nuestros brazos al frente, cada uno hacia el otro, y nuestras manos conjuntamente sostenían algo, pero aquello que sosteníamos era como un gas que sólo existe cuando se cree en su existencia y que deja de existir cuando surgen
dudas. Al principio, la tarea de sostenerlo parece fácil, pero llega el momento en que exige cálculos sumamente refinados y gran habilidad. Había yo conseguido que una artificial «normalidad» se aposentara en el espacio entre nuestras manos, y había inducido a Sonoko a tomar parte en la peligrosa operación de intentar sustentar un quimérico «amor», momento a momento. Parecía que Sonoko hubiera llegado a participar en aquel juego sin darse cuenta de ello. Esa inconsciencia por parte de Sonoko constituía la única razón por la que su colaboración era tan eficaz.
 
NOTA:

(1)         Yukio Mishima terminó su vida con un sable en las entrañas y con la cabeza sobre el embaldosado de la oficina de un cuartel militar. Allí había llegado para reclamar la dignidad de tiempos idos, el honor de épocas ya perdidas y demostrar su lealtad al emperador.


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