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jueves, 21 de septiembre de 2017

EL LOBO ESTEPARIO de HERMAN HESSE -1927





EL LOBO ESTEPARIO
HERMAN HESSE -1927








En El lobo estepario encontramos vida e ilusión, fantasía y autobiografía se confunden. El protagonista, Harry Haller es un desadaptado o lo parece. Con una vida solitaria e individualista. No desea llevar una vida igual al resto de la gente. Sufre de dolores y se droga para sentirse bien. El personaje es francamente patético, inseguro, débil, desesperado, angustiante y transita por ambientes ahogantes, veredas oscuras, y lo persiguen múltiples alucinaciones. Lo espiritual y lo carnal se manifiestan.

Si examinamos en este aspecto el alma del lobo estepario, se nos manifiesta  como un hombre al cual su grado elevado de individuación lo clasifica ya entre los no burgueses, pues toda individuación superior se orienta hacia el yo y propende luego a su aniquilamiento. Vemos cómo siente dentro de sí fuertes estímulos, tanto hacia la santidad como hacia el libertinaje, pero a causa de alguna debilitación o pereza no pudo dar el salto en el insondable espacio vacío, quedando ligado al pesado astro materno de la burguesía. 

Esta es su situación en el Universo, este su cadalso. La mayoría de los intelectuales, la mayor parte de los artistas pertenecen a este tipo. Únicamente los más vigorosos de ellos traspasan la atmósfera de la tierra burguesa y llegan al cosmos, todos los demás se resignan o transigen, desprecian la burguesía y pertenecen a ella sin embargo, la robustecen y glorifican, al tener que acabar por afirmarla para poder seguir viviendo. (análisis de una de las voces narradoras).

La novela se diseña a base de tres voces narrativas: la palabra del narrador, el testimonio del protagonista y el testimonio del manuscrito hallado por Harry.

La estructura de esta obra de Hesse son dos cajas chinas. Un narrador sin nombre y en tercera persona, escribe una extensa introducción, para proseguir con el lobo estepario, un hombre cincuentón. De este texto surge otro, el Tractat del Lobo Estepario

El Teatro mágico que se refleja en la novela, es símbolo de la huída de la prisión del mundo moderno con todas sus normas y credos.

A fin de cuentas ¿Qué es el hombre? Parece decirnos el autor en una narración oscura, lenta, espesa. ¿Cuánto debe luchar el hombre con estos dos animales encerrados en una cáscara?

Harry encuentra en sí un “hombre”, esto es, un mundo de ideas, sentimientos, de cultura, de naturaleza dominada y sublimada, y a la vez encuentra allí al lado, también dentro de sí, un “lobo”, es decir, un mundo sombrío de instintos, de fiereza, de crueldad, de naturaleza ruda, no sublimada.(textual del libro)

Toda esta batalla, lleva al personaje principal a experimentar la más viva angustia.

La división en lobo y hombre, en instinto y espíritu, por la cual Harry procura hacerse más comprensible su sino, es una simplificación muy grosera, una violencia ejercida sobre la realidad en beneficio de una explicación plausible, pero equivocada, de las contradicciones que este hombre encuentra dentro de sí y que le parecen la fuente de sus no escasos sufrimientos.
Sin embargo, luego de tanta angustia y desesperación Harry Haller, encontrará algo de alegría cuando aparece una joven mujer y al poco tiempo, otra. Armanda, una chica joven y hermosa. Símbolo de la vida, sensualidad y el goce. Es una especie de salvación del lobo estepario. Con Armanda, Harry, el solitario tendrá luz, sentido, ánimo. María, sensual y pervertida, símbolo del sexo.

Es verdad; la vida es siempre terrible.



—Señores, ante ustedes está Harry Haller, acusado y responsable del abuso temerario de nuestro teatro mágico.
Haller no sólo ha ofendido el arte sublime, al confundir nuestra hermosa galería de imágenes con la llamada realidad, y apuñalar a una muchacha fantástica con un fantástico puñal; ha tenido, además, intención de servirse de nuestro teatro, sin la menor pizca de humorismo, como de una máquina de suicidio.
Nosotros, por ello, condenamos a Haller al castigo de vida eterna y a la pérdida por doce horas del permiso de entrada en nuestro teatro. Tampoco puede remitírsele al acusado la pena de ser objeto por una vez de nuestra risa. Señores, atención: A la una, a las dos, ¡a las tres!


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