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«Leer sin meditar es una ocupación inútil». Confucio

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martes, 25 de noviembre de 2008

LAS APARICIONES DE LA VIRGEN DE LÚCUMA

“…El vacío llena todo,
la vigilia se alimenta de ese lodo
y se pierden en los sueños la alegría.”
CL
P R Ó L O G O

LA PROVOCACIÓN DE LA PALABRA

En LAS APARICIONES DE LA VIRGEN DE LÚCUMA, Cristián Lagos nos traslada a Arthur Rimbaud, que escribió: “me encanallo todo lo que puedo porque quiero ser poeta” (1). Encanallarse, para Rimbaud, significa no deberse a la sociedad, a costa de integrarse con una escritura subjetiva, insípida; significa llegar a lo desconocido alterando todos los sentidos. Significa quedarse solo, adentrarse en el camino individual. Encanallarse: lo contrario de la abyección, de la ignominia: ser noble, digno como condición esencial para ser poeta.
La palabra en este libro no es celebratoria, y es que el autor no es un poeta adánico; tampoco es un poeta que blasfema. Su escritura nos instala ante una estética de la provocación: un lenguaje poético que se aleja del purismo, de lo establecido, de la mirada conservadora, de los parámetros tradicionales de la creación poética. Tal vez por este motivo es un libro que atrae e inquieta desde el título, que no es un título vulgar. Los textos no contienen versos libres, comunes, no se alzan sobre una plataforma de lugares habituales. Estamos ante la presencia de un poeta creativo, multifacético, poseedor de una voz diferente que se hace notar, reclama su lugar y lo hace con dignidad. Cristián no es un poeta adánico sino caínico (2), y como tal se rehúsa, a ser un Jeremías de bazar, de mercado, un torpe Orfeo o un Caín depreciado y en oferta. Considera en el interior de todo, una gran carcajada. De ahí su ánimo y la utilización de los signos como un escalpelo. Quizás por eso viene esta frase de Henri Barbusse (3): «No hay más infierno que el furor de vivir». La vida es un infierno pero qué paradoja es a la vez motivo de risa, de burla, el ser es contradictorio, ambiguo, desconfiado e indigno de fe. El hombre vive en una sociedad lacerante, incomprensible. El artista está solo. El poeta se aferra a la palabra para sobrevivir en el medio hostil que ahoga, oprime, sobrevivir, escapar de la muerte ante un poder que permanece incólume, insensible a las necesidades de los individuos. El creador, debe entonces posarse “en la copa de los árboles”, desnudo y solo acercarse al infinito e interrogar, cuestionar, meditar los acontecimientos en busca de una verdad inexistente o alcanzar lo desconocido..
Como poeta caínico, en la poesía Cristián se ilumina, se sabe, se mira caminar. ¿Podría saber otra cosa más que saberse caminar dentro y fuera de sí?: «Quien profundiza el verso —dijo Blanchot (4)—, escapa del ser como certeza, encuentra la ausencia de los dioses, vive en la intimidad de esa ausencia [...] Quien profundiza el verso debe renunciar a todo ídolo, debe romper con todo, no tener la verdad por horizonte ni el futuro por morada, porque de ningún modo tiene derecho a la esperanza: al contrario, debe desesperar. Quien profundiza el verso, muere, encuentra su muerte como abismo». La palabra poética le revela que su nombre es orfandad y su apellido deseo, que él es un «relámpago entre dos abismos», que la esencia del ser es el naufragio, que vivir no es confusión sino intemperie, que la conciencia de un quebranto total significa iniciarse en una iluminación apocalíptica, que la palabra lo deporta de sí y que tal desarraigo es el más fiero de todos los que existen.
El hombre alza muros, alrededor suyo, muros a la medida de su cobardía. Erige ídolos y se transforma en su esclavo. Delimita su área de acción por el temor a derrumbarse en sí mismo. Tiene miedo del Infinito, no soporta la intemperie. Por otra parte, el sustento de los poetas adánicos es el amor (2). El amor hace ritmar al hombre con el ritmo de la escritura cósmica. El poema, gemelo del universo, es entonces una especie de plaza erótica-musical donde todos comulgan con el Todo. La muerte no existe. Y el amor, ese diálogo de las almas universales, es el hálito cinético de la fraternidad universal. El erotismo es la esencia del poema.
El poeta caínico, en cambio, está condenado a habitar en el castillo de su deriva: «La inseguridad, la incertidumbre, la desconfianza son las únicas verdades. Hay que aferrarse a ellas». Y Cristián lo sabe. En esta paradoja reside tal vez su dignidad, su pureza, y esa tragedia ambigua que lo hace verse a sí mismo como el objeto más risible del planeta. Expresa:
“De todos modos a nadie le importa
si soy un todo,
la mitad de un vacío,
ni menos las manifestaciones sociales
de mi ser.
Cabalgo absolutamente calvo
sobre la copas de los árboles.”
Calvo, desnudo, caminando en las nubes, cerca del cielo, elevándose para alcanzar la plenitud poética. Hay algo idealizado: lo que no se posee. Ni la belleza de una estética gozosa, yo diría transparente, ni la luminosidad del territorio, limitado por la carencia de los sujetos. Nos dice:
“Las mañanas nacen sucias y grisáceas
desde úteros matrices desteñidos,
la pobreza nos golpeó fuerte en la cara”

A su vez, estos textos nos recuerdan a la poesía Beat, las voces de los poetas de una generación golpeada, frustrada, humillada, la generación beat, tal como la acuñó Jack Kerouac, irrumpen a mediados de los años 1950 y quiebran la cristalería de las buenas conciencias. Son los cultores de la contracultura, la revuelta. Estos jóvenes iracundos -Kerouac, Allen Ginsberg, Gregory Corso, Lawrence Ferlinghetti (5)- se inscriben en la literatura con un lenguaje crudo, urbano: el de la oralidad, la errancia, la provocación, la ironía.
Ferlinghetti (6), el último poeta beat, como todos los que pertenecieron a su movimiento, escribe del mundo que le rodea, pero con la mirada crítica y del desencanto, sobre el mundo en general, pero sobre todo sobre la política y la sociedad en que vive, el “sueño americano” se desmorona entre sus estrofas. En el caso de Cristian, se desmorona en sus versos la justicia, la solidaridad, el tráfago espantoso de la indiferencia, la contradicción del ser, constatamos que el autor no elude la mirada social, la protesta ante un sistema que desencanta y que destruye sin piedad. Escribe: /“….y un ángel de papel sobre la nada/vestido como yo, digo, de luto /con frío, es decir, cero absoluto /con lagrima ¿Tal vez una cascada? / y en medio junto al pecho una granada”
Por último, ¿cómo no relacionar el trabajo poético de Cristián con el iniciador de la poesía contemporánea, Charles Baudelaire?. Baudelaire (7) dotó la creación literaria de una aureola decadentista, voluptuosa, mórbida, porque en verdad lo estaba sacrificando ante otro descubrimiento: la urbe moderna como insigne protagonista del hecho poético. Baudelaire, dignifica la lucidez, el escepticismo, la conciencia de una feroz introspección y de una ironía que lo mueven a desafiar a la ciudad, al monstruo mítico, bajo la divisa de convertir en caudal de riquezas (en poesía) el fango que ella le ha dado. La ciudad, ha desplazado a la mujer, al objeto del amor, y así se mantendrá en los otros dos grandes reformadores: Rimbaud y Whitman. Para el primero, la urbe simboliza el caos, la necesidad de renovación, de “cambiar la vida” en aras de una libertad individual que permita al poeta elevarse al infinito. Para Rimbaud la ciudad era la decadencia, el capitalismo caduco; para Whitman era el origen, la pujanza del imperialismo naciente. Y así, por el sendero del caos, por una parte, y de la euforia, por la otra, entramos en la poesía contemporánea y en una aparente desvalorización del amor como forma de salvación literaria y espiritual. La única salvación posible descansa en la Palabra.

“Rio, veo
bolsa de basura
con contenido humano,
animales de bronce
difuntos parlantes
Y a callar de nuevo – que te cuesta-…”

Lo sagrado, lo profano no están ausentes en La virgen de Lúcuma, como tampoco lo están el amor descreído, la pérdida de fe. Con gran manejo del lenguaje poético, una multiplicidad de metáforas e imágenes y una mirada reflexiva sobre el paisaje interior, los acontecimientos y su entorno, Las apariciones de la Virgen de Lúcuma nos revelan la figura y obra de un poeta joven, de un poeta de avanzada. Al adentrarse en la vorágine de su verso y prosa los lectores tendrán que corroborar esta apreciación con la lectura y relectura de la obra del poeta Cristián Lagos.
“Acuérdate, acuérdate
que te crecieron sapos en el cabello
y que con dos cafés
sacabas a bailar al arquitecto universal,..”

©Ingrid Odgers Toloza.
Critica Literaria
Escritora, poeta, ensayista y narradora

Concepción, Septiembre 25 de 2008.-
Notas:
(1) “Cartas del vidente”, la parte no-poeta de Rimbaund no estaba preparada para digerir el éxito. Le escribe a Georges Izambard,- lo que hago es encanallarme todo lo posible – ¿Por que? Quiero ser poeta y me esfuerzo por hacerme vidente”.
(2) Felipe Vásquez – Notas sobre dos mitos líricos
(3) Jean Sanitas, Paul Markides, Pascal Rabaté: Barbusse, La passion d'une vie, Editions Valmont, 1996
(4) Cesar Antonio Molina – “El exilio de la verdad”, Cuadernos hispanoamericanos 1997
(5) Lawrence Ferlinghetti, último poeta vivo de la generación Beat, escribió entre otras obras, el poema “Cristo se bajó”
(6) Beat malditos – Nueva “Antología poética de Pierre Reverdy” de Monte Avila Editores y traducidos por el poeta Silva Estrada”. Algunos pequeños textos (las citas) son de: “Jinetes ocultos” de Editorial .Fuentearnera”)
(7) El aire y los sueños- Gastón Bachelard - Traducción de Ernestina de Champourcin, 2º edición, 1993. Editorial: Fondo de Cultura Económica.

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