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sábado, 3 de noviembre de 2018

DEMIAN HERMAN HESSE


DEMIAN

HERMAN HESSE

ALIANZA EDITORIAL, 1968

Por Ingrid Odgers






Nos encontramos con una interesante y relevante obra de formación o novela de educación.

Hesse nos narra el trayecto de la infancia a la adultez de un chico llamado Emil Sinclair, hay que aclarar que esta no es una narrativa para entretener al lector sino para efectuar una profunda reflexión sobre la vida, la realidad y el destino. Podría perfectamente llamarse “el despertar de la conciencia”, estamos aquí, en la tierra pero ¿por qué y para qué? Para llevar una rutina odiosa, apegados a normas que a veces nos agradan pero muchas otras detestamos.

¿Podemos aprender totalmente solos los acontecimientos de la vida?, sí, pero también necesitamos de otros y otras para aclarar las inquietudes y calmar la tormenta de preguntas que en la soledad de nuestra habitación o en un simple paseo por algún parque nos asaltan y abruman, en especial en el paso a la adolescencia. Y este chico atrapado en un sinnúmero de preguntas, a quién marca un hecho: una tonta mentira a un chico desconocido y malandrín sin escrúpulos, que lo lleva  a transformarse en un habitante de “lo oscuro”, un ser culpable y avergonzado ante sus padres y hermanas. Seguimos con atención el derrotero de Emil Sinclair, inmersos en una atmósfera de misterio, desconfianza, aprehensiones, algo de temor y a veces terror, terror al descubrimiento de un mundo ignorado y a no saber reaccionar a las interacciones con el otro u otra. Siempre en busca de un lugar en el mundo. Nos movemos entre la claridad y la oscuridad, pero ¿Cómo encontrar el equilibrio? Es posible o ¿únicamente merecemos morir?

¿Qué debemos hacer para encontrar el sentido de la vida?

¿Cómo podemos aceptarla?

¿Cuál es el camino a seguir?



Los invito a encontrar las respuestas leyendo esta honda, fascinante y bella obra de Herman Hesse, tan recomendable para jóvenes y adultos.



FRAGMENTO:
Y me contó la historia de un muchacho enamorado de una estrella. Adoraba a su estrella junto al mar, tendía sus brazos hacia ella, soñaba con ella y le dirigía todos sus pensamientos. Pero sabía, o creía saber, que una estrella no puede ser abrazada por un ser humano. Creía que su destino era amar a una estrella sin esperanza; y sobre esta idea construyó todo un poema vital de renuncia y de sufrimiento silencioso y fiel que habría de purificarle y perfeccionarle. Todos sus sueños se concentraban en la estrella.
Una noche estaba de nuevo junto al mar, sobre un acantilado, contemplando la estrella y ardiendo de amor hacia ella. En el momento de mayor pasión dio unos pasos hacia adelante y se lanzó al vacío, a su encuentro. Pero en el instante de tirarse pensó que era imposible y cayó a la playa destrozado. No había sabido amar. Si en el momento de lanzarse hubiera tenido la fuerza de creer firmemente en la realización de su amor, hubiese volado hacia arriba a reunirse con su estrella.
-El amor no debe pedir -dijo-, ni tampoco exigir. Ha de tener la fuerza de encontrar en sí mismo la certeza. En ese momento ya no se siente atraído, sino que atrae él mismo. Sinclair: su amor se siente atraído por mí. El día que me atraiga a sí, acudiré. No quiero hacer regalos. Quiero ser ganada.
Un tiempo después me contó otra historia. Se trataba de un enamorado que amaba sin esperanza. Se refugió por completo en su corazón y creyó que se abrasaba de amor.
El mundo a su alrededor desapareció; ya no veía el azul del  arpa no sonaba; todo se había hundido, quedando él pobre y desdichado. Su amor, sin embargo, crecía; y prefirió morir y perecer a renunciar a la hermosa mujer que amaba. Entonces se dio cuenta de que su amor había quemado todo lo demás, de que tomaba fuerza y empezaba a ejercer su poderosa atracción sobre la hermosa mujer, que tuvo que acudir a su lado. Cuando estuvo ante él, que la esperaba con los brazos abiertos, vio que estaba transformada por completo; y, sobrecogido, sintió y vio que había atraído hacia sí a todo el mundo perdido. Ella se acercó y se entregó a él: el cielo, el bosque, el arroyo, todo le salió al encuentro con nuevos colores frescos y maravillosos; ahora le pertenecía, hablaba su lenguaje. Y en vez de haber ganado solamente una mujer, tenía el mundo entero entre sus brazos y cada estrella del firmamento ardía en él y refulgía gozosamente en su alma. Había amado y, a través del amor, se había encontrado a sí mismo. La mayoría ama para perderse.

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