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martes, 30 de noviembre de 2010

La ciudad de las bestias - Isabel Allende

Comentario
La ciudad de las bestias
Isabel Allende
por
Ingrid Odgers

En esta novela de Allende el protagonista es un muchacho de quince años llamado Alexander Cold.  Alexander viaja a pasar un tiempo con su abuela paterna Kate debido a que su madre se encuentra gravemente enferma y su padre debe dedicarse a cuidarla. Sus dos hermanas irán a casa de su abuela materna, Carla. Él no quería a  su abuela, Kate,  la consideraba su peor enemiga y además Kate decía no sabía cocinar. Y es que su abuela paterna era una excéntrica que lo lleva a un viaje por el Amazonas a buscar una criatura gigantesca posiblemente un humanoide. Kate informó a su nieto que subirían por el río Negro hasta el Alto Orinoco. Es así como después de inyectarse media docena de inyecciones contra enfermedades tropicales en New York, emprenden el viaje Alex y su estrafalaria y peculiar abuela.
La narración es simple, una obra de entretención para jóvenes, a mi parecer demasiado extensa para el público objetivo. El  final es predecible para el lector  y la descripción detallada, reiterativa en partes provoca tedio. No hay desenlace sorpresivo y se desarrolla el esquema típico: dos protagonistas jóvenes, Alex y Nadia, algo de misterio y un tesoro desconocido. Nada nuevo en estructura, sin embargo se destaca la imaginación de la autora.


 Fragmento:

"............Alex calculó que la chica tenía la edad de su hermana Andrea, unos doce o
trece años. Tenía el cabello crespo y alborotado, desteñido por el sol, los ojos y la
piel color miel; vestía shorts, camiseta y unas chancletas de plástico. Llevaba
varias tiras de colores atadas en las muñecas, una flor amarilla sobre una oreja y
una larga pluma verde atravesada en el lóbulo de la otra. Alex pensó que, si
Andrea viera esos adornos, los copiaría de inmediato, y que si Nicole, su hermana
menor, viera el monito negro que la chica llevaba sentado sobre un hombro, se
moriría de envidia. Mientras la doctora Torres, ayudada por dos monjas que fueron
a recibirla, se llevaba a los misioneros mormones al diminuto hospital, César
Santos dirigió el desembarco de los numerosos bultos de la expedición. Se
disculpó por no haberlos esperado en Manaos, como habían acordado. Explicó
que su avioneta había sobrevolado todo el Amazonas, pero era muy antigua y en
las últimas semanas se le caían piezas del motor. En vista de que había estado a
punto de estrellarse, decidió encargar otro motor, que debía llegar en esos días, y
agregó con una sonrisa que no podía dejar huérfana a su hija Nadia. Luego los
llevó al hotel, que resultó ser una construcción de madera sobre pilotes a orillas
del río, similar a las otras destartaladas casuchas de la aldea. Cajas de cerveza se
amontonaban por todos lados y sobre el mesón se alineaban botellas de licor. Alex
había notado durante el viaje que, a pesar del calor, los hombres bebían litros y
litros de alcohol a toda hora. Ese primitivo edificio serviría de base de operaciones,
alojamiento, restaurante y bar para los visitantes. A Kate Coid y al profesor
Ludovic Leblanc les asignaron unos cubículos separados del resto por sábanas
colgadas de cuerdas. Los demás dormirían en hamacas protegidas por
mosquiteros...."




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