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miércoles, 27 de junio de 2007

El sonido de la montaña-Yasunari Kawabata



Ogata Shingo, 63 años. Es quien por las noches escucha el rumor lejano de la montaña, sonido que asocia a la muerte. Es así como Kawabata llama a esta novela “El sonido de la montaña”. Sonido, eco, retumbo que asociado a breves pérdidas de memoria que padece Shingo, son para él anuncio de la cercanía de la muerte. De tal manera reitera su vejez este protagonista (al parecer en oriente es a su edad considerado un anciano) que provoca de pronto rechazo a seguir su vida en las páginas. La narración nos trae a un hombre de negocios que convierte su diario vivir en recuerdos y ojo escrutador de los acontecimientos de su hogar, sus amistades, su familia, sus hijos, reflexiones sobre la muerte y el renacer de árboles, plantas y pájaros infaltables. Shingo ha amado a la bella hermana de su esposa, la rememora a lo largo de esta novela que ilustra el sello de los días en que la lozanía y la agilidad abandonan a un típico japonés de posguerra. Toda la novela tiene el tono del fracaso, la rutina y la muerte. Acaso Shingo se culpa de la infelicidad de sus hijos, de su inercia por no evitar el desastre de las relaciones matrimoniales. Tal vez es ésta una función común de los padres japoneses, porque si lo llevamos al plano país, no hay ningún padre que sienta tanta culpabilidad por las aciagas relaciones de sus hijos. Al menos, no uno que yo conozca. Consideremos que en el Japón de Yasunari, los hijos llevan a sus esposas a vivir con sus padres. Situación que aquí no se da, como muchas otras. Su mujer, un año mayor que él, es considerada una vieja, acabada, obsoleta, algo que en nuestro país no acontece. Una mujer de sesenta años o más es normal que sea considerada activa. No en vano se dice que existen numerosas diferencias de nuestra vida familiar con la de los japoneses. Queda en evidencia en las casi 300 páginas leídas, que a veces parecen demasiadas. Demasiada contemplación, demasiados recuerdos, demasiada planta admirada, en Kawabata existe un encanto por la naturaleza, hay mucho bosque recorrido para ocultar el amor que Shingo siente por su nuera. Me atrevería, y no peco de osada, a decir que es recíproco. Un amor intenso refugiado en el gesto sutil de arreglar la corbata, pasar la ropa, la conversación a hurtadillas, las largas y escasas caminatas. Un amor nunca expuesto, un amor jamás expresado salvo cuando ella, Kikuko, le dice: Si estuviera sola, podría ocuparme de usted con mayor dedicación, Shingo responde, una desgracia para ti. Ella: lo que se hace con gusto nunca puede serlo. Shingo estaba sorprendido. Por primera vez le vio una expresión apasionada. Presintió el peligro. Es este el diálogo más relevante para considerar, lo sugerido por Kawabata con maestría innegable, la existencia de un amor recíproco, intenso.
El protagonista cae reiteradamente en comparaciones, la belleza de su cuñada muerta, la fealdad de su mujer, la fealdad de su hija, la belleza de su nuera. Durante el relato no deja de manifestar su asombro por cómo su hijo, puede ser infiel a una mujer como Kikuko, para él, extraordinaria en su ser interior y exterior. La verdad, que el lector tampoco logra comprenderlo. En esta novela asimilamos cómo los ancianos japoneses acuden con normalidad a las geishas, mujeres jóvenes, adolescentes en su mayoría. La única vez que Kawabata conduce los pasos de Shingo, al distrito de geishas de Tsukiji, él expresa: la felicidad, podría relacionarse simplemente con el instante fugaz. Ni en esa ocasión deja de de comparar a la geisha escogida con su nuera: debe tener cuatro o cinco años menos que Kikuko. Sugerencia, es la habilidad de este escritor japonés que hace soplar levemente a Shingo el gusto y preferencia por su nuera. Insinuación. He ahí el arte de Kawabata, vagando con mirada reflexiva entre sueños, cerezos, acacios, lotos milenarios, pájaros y animales con ese “sin sentido” de la vida, vida que no tiene arreglo. Vida que es así porque ya no es posible cambiarla sin el fantasma de la guerra que acecha, el único hecho que considera como alternativa de cambio, un cambio brutal, por ese sino que conlleva la guerra y cargamos los seres humanos: la muerte.
Un final sutil, final abierto marcando la rutina o la monotonía. No hay rompimientos de esquemas. Aquí no existe el final sorpresivo, la llamada vuelta de tuerca. La vida continúa con el sonido de la montaña. La letanía de la fatalidad. El paso del tiempo, el matrimonio “anciano” que ya no se toca en la cama, la admiración de lo bello, las relaciones rotas, el fracaso, el cuestionamiento de los días andados. Nada tan diferente de lo que nosotros(as) vivimos o hacemos hoy, con la diferencia que al observar el pasado solemos preguntarnos, ¿qué hicimos bien?, ¿por qué no pudimos hacer mejor las cosas? Lamentamos los errores cometidos. Es tarde pensamos y creemos que no podemos cambiar el pasado, pero sí el presente. Esta posibilidad Kawabata no la manifiesta. Al cerrarse a ella, el sonido de la montaña es más fuerte, más potente y más terrible.

Ingrid Odgers Toloza

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