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«Leer sin meditar es una ocupación inútil». Confucio

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viernes, 18 de mayo de 2007

KARINA GARCÍA ALBADIZ- Valparaíso

QUIÉN

Quién puede sacar de adentro
una mesa
unas sillas

repartir pan para untarlo en la sopa

detenerse a escuchar cómo el invierno
es traído por un chaparrón de pataleos
de palomas en el techo.

convertir esta casa en un tren
con rendijas sin pedestales

a la misma altura
mirarnos compartir la comida

Cuando el sueño golpea en la estación
a la realidad no le queda otra que retroceder:
así golpea este corazón que prefiere morir a cambiar
por eso está muriendo

Quién puede transformar el jardín en bosque
y sentarse a tomar té con los pies colgando
en las alturas

detenerse a escuchar como hablan las raíces
cómo la primavera es traída por las flores
del aromo en la quebrada

Quién puede sacar de adentro
una mesa
unas sillas



KARINA GARCÍA ALBADIZ (Valparaíso, 1969). Profesora de Castellano, Licenciada en Lengua y Literatura Hispánica (Pontificia Universidad Católica de Valparaíso). Magister Interdisciplinario en Estudios Humanísticos. Fundadora del Colectivo Agitadores Culturales; editora de la Revista "Taller de Recreación Literaria" y editora de la revista "Ánfora". Algunos de sus textos han sido incluidos en revistas y sitios web. Figura en la 1ª Antología de Poesía Rayentrú (Ediciones Leutún, Santiago-Chile)







COMENTARIO

Un ensayista español nos dice: “La comunicación humana, en su calidad verista, es una forma de representar; y, ya lo veremos, como individuos que somos, cada uno tiene sus representaciones, por lo que la comunicación, estrictamente hablando, es inviable: jamás dejamos de ser Panta Rei, jamás dejamos de fluir, de distinguirnos y de ser, por ende, individuos, e individuos en nuestros signos y en nuestros desarrollos semióticos únicos. Y la equidad en nuestros signos, y la comunicación rigurosa, no es, hablando en lógica, posible; aunque claro que nos comunicamos, o, más bien, entramos en contacto mediante los signos. Afirma: “…, así como somos individuos, e irrepetibles, también hay una individualidad del signo; y no hay equidad, por ende, intersígnica, comunicacional. Hay contacto sígnico en los humanos, pero no estrictamente comunión, comunidad, comunicación”.

Podemos decir que a diferencia de lo que nos plantea este autor, cuando nos situamos frente a los versos de Karina García, sí entramos en comunión con sus signos, los cuales como receptores individuales, irrepetibles, recibimos con una profunda carga poética cuando dice: “Quién puede sacar de adentro/una mesa/unas sillas….” En sus signos literarios, únicos e irrepetibles consulta con conmovedora sencillez ¿Quién?, y este “quién puede”, interroga quién tiene la magnanimidad DE EXTRAER DE SI una silla, símbolo de atención, descanso, reposo o paz espiritual y unas mesas, que nos hablan de alimento, de compartir, de compañía y aquí tenemos: de comunión. La hablante del poema es reiterativa en su reflexión, en su afán de compartir y quizás repartir el pan, una necesidad implícita de comunión, es esa necesidad la que debemos destacar porque no sólo la hace evidente sino que la logra, en su expresión literaria, comunión, y con ella nos conmueve, con espléndida serenidad, es como un reproche sutil a los oídos sordos, a la ceguera social que nos circunda y nos aísla en los invisibles hierros de una prisión (encierro, incomunicación), que lacera. Es casi un grito mudo en el desierto.

La faceta poética, marcada en este “convertir esta casa en un tren”, la idea de viaje, de desplazamiento, de vuelo, “sin pedestales”, nos revela la presencia de un objeto artístico de indudable valor estético que volvemos a encontrar y degustar: “…a la realidad no le queda otra que retroceder..”, o cuando dice: “el corazón prefiere morir a cambiar…” No hay rendición del sentimiento ante la crueldad de la realidad. Estos versos rezuman dolor, río que es un aluvión para el lector, torrente que deja caer las aguas del estremecimiento, desborda sensaciones encontradas, ligadas principalmente a la aceptación que resuena firme, categórica, de la muerte ante el acto de transar. No hay transacción posible. Resuena el verso: “prefiere morir a cambiar”. La muerte es preferible, el rechazo es categórico, pero el poema no pierde en ningún instante la serena actitud reflexiva. Nos encontramos ante una interrogante, una necesidad, un reproche, una negativa y volvemos a abrazar el vuelo poético en: “Quien puede transformar el jardín en bosque” / “sentarse a tomar té con los pies colgando”.

¿Es el/la hablante?, ¿Es Karina? ¿Es otro(a)?…………….Dejamos de divagar para afirmar con júbilo: es Karina, la poeta, la poeta mujer que interroga pacíficamente y la ternura nos envuelve para detenernos a escuchar junto a ella “como hablan las raíces”, las raíces de su poesía.
Es la poeta García Albadiz intentando comunicarse y alcanzar comunión. Fluyendo y dejando huellas con sus irrepetibles signos.
Entonces aquí concordamos con el ensayista español cuando expresa: “A cada hombre un individuo, a cada signo un individuo, a cada autor un individuo, y, por último, a cada receptor, repetimos, un individuo… la recepción, como la creación, y más allá de abstracciones canónicas de crítica-público, será individual, única, intransferible. Y la experiencia de consumo literario, además, también fluye y está en el tiempo. Un receptor literario, por ello, es también un Panta Rei individual. Más allá del cambio temporal, el individuo receptor- su circunstancia física y su interioridad psicofísica, su carga biográfica externa e interna en fin- fluye.
Así, cada recepción, en tiempo y en circunstancias extrínsecas e intrínsecas, es única, es irreproducible, es un acto único de contacto semiótico, de literatura”.
Para una poeta como yo y para muchos y muchas otras será todo un goce estético encontrarse con la poesía de Karina García.

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Ingrid Odgers

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